Tres canciones, me llevo una, le aplicamos logaritmo neperiano de pi, raíz cúbica y el producto lo multiplicamos por dos, lo dividimos por ejemplo y lo dejamos en remojo unos 40 minutos, a fuego lento, poco antes de despejar la X, rematar de cabeza la Y, achicar espacios y obtener la derivada sodomizando al mínimo común divisor. El resultado es éste pero podría ser cualquier otro.
Mientras usted, inquieto joven, se dejaba las pesetas de su adolescencia en cedés de GreenDay o No Doubt, yo me dedicaba a rebuscar en las tiendas de música el score de tal o cual película. Mi ansia cinéfaga se cebaba reproduciendo dentro de mi cabeza, en sufrido loop, los temas de mis cintas favoritas. Y la única forma de solucionarlo, dictaba la lógica, era volver a escucharlos en mi flamante radiocedé portátil.
A veces se nos hace difícil separar la música de la literatura. Al menos, de manera natural. No debemos olvidar que la música de hoy en día-es decir, la que escuchamos en Spotify-, tiene su base en los trovadores y juglares, que musicaban sus poemas e iban contando sus historias, pueblo tras pueblo, en una concepción mítica del cantautor (que ahora ya no es lo que era).
Parece ser que va a llover. El verano declina con un calor pegajoso, vengándose cerdo antes de que llegue eso que llaman normalidad. Buena época para cambiar de tercio, empezar una nueva vida, romper con todo, dejar de ir al gimnasio o empezar a fumar. Pero hay algo que nunca cambia: la calidad intrínseca de estas tres recomendaciones, que siempre están ahí, pétreas, como un buque rompehielos que nada detiene. Ni nos proponemos nuevos objetivos, ni queremos ser mejores personas ni aspiramos a nada más que no sea evangelizar. No faltamos a la cita. Y ya es mucho.
Escondemos las cervezas junto a la valla que, ahora sí, ya sin alcohol en las manos, se desplaza tal que puerta rudimentaria junto al escenario para franquearnos el paso al backstage. La pulserita amarilla nos concede ese privilegio pero no el de todos los gastos pagados en el recinto (a disfrutar en una maja barra libre) como si esto fuera un fabuloso resort de Playa Bávaro, recuerda Aranda.



