La música es baile y el baile es música, o no. El vals o el tango son tanto un conjunto de movimientos como un género musical, del mismo modo que los heavies tienen su headbanging o los indies hacen sus cosas al ritmo de Vampire Weekend. No hay estilo que escape a la dictadura motriz, y los clubes están llenos de patanes y patanas sacudiéndose con torpeza o aferrándose a su cerveza con pavor. Material para monologuistas baratos, y sin embargo se mueven.
A mí no me pregunten demasiado. El acto de bailar se me antoja pelín antinatural y me vence la pereza; acaso arranco algún aspaviento después de la séptima birra. La pista de baile, concluyo, es puro atrezzo para disimular que aquí hemos venido a agarrar una cogorza de pronóstico. (No hablaré de rituales de conquista, líbreme el Altísimo.)
Sí soy, sin embargo, ducho en lo de pisar flechas. Ya saben de que va el asunto, ¿no? Dance Dance Revolution, ese juego que les hace saltar y trotar sobre arribaabajoizquierdaderecha mientras escuchan horrible música j-dance. El ejemplo perfecto para sorprenderse con esos frikis de la viña del Señor hasta que lo usó Madonna. DDR supuso algo así como una religión para mi círculo en los años medios de carrera: ¡cuántos maratones pisoteando las resbaladizas alfombras frente al pecé!

Valía también ‘Pump It Up’, máquina rival que usaba las cuatro diagonales y un botón central: más cómodo, más divertido, y con coreografías más estéticas. Había una de ellas en Port Aventura que era parada obligatoria en cada visita, y siempre que Jose y yo saltábamos a las tablas un considerable grupo de curiosos nos rodeaba. Hubo otra en el Parc Central en la que copé los primeros puestos del ránking, pero duró poco. ¡Efímera gloria!
Aunque esa no es toda mi experiencia bailonga: también están las lecciones autodidactas de tango, con el deuvedé de ‘Mira quien baila’ dándonos instrucciones a Rosa y a mí, que convertíamos a duras penas las estrecheces de mi piso de estudiante en salón de baile. Aprendimos cuatro pasos básicos y no se nos dio mal, y habríamos llegado más lejos de haber tenido más deuvedés.

Me chuto de vez en cuando una dosis de tango (música) y me hiero con sus tópicos de melancolía, tristeza, perdición, hombría y fiereza. Y algunas de esas veces encadeno ese pensamiento con su opuesto, y salto de la salsa a la bachata y de ahí al horror más puro. Recuerdo los apoltronamientos y el hastío en la barra de un pub decadente y barato, observando clases de salsa pobladas de buitres divorciados, las terrazas en verano con falsos cubanos amaestrando a niños y borrachos, las exhibiciones de baile de barrio, los profesores de salsa con alma de verdulera.
Si el tango me reconcilia con el baile, la salsa y derivados son mi anticristo, mi fuente de tristeza y misantropía más eficaz. No muy lejos andan los pedantes adalides de lo moderno de Fama, esos espantajos cubiertos de los vómitos de la moda. Y Rafa Méndez, mi kriptonita, la presencia televisiva que más me aterra, con su deje de drogado, sus ojos de violador carcelario, su lascivia de artista zoófilo. ¡Ni me lo mienten!

Son modernos, sin camiseta, de sexualidad ambigua y ego macroscópico, pero al menos han de bailar decentemente para estar a la altura de su propia impostura. El espectáculo es digno, y cuando no lo hacen bien, regalan momentos de comedia involuntaria: véanlos saltando emocionados a ritmo de Arcade Fire (¿en serio?), como si del ballet del casero de ‘El gran Lebowski’ se tratase. Ah, el arte.
¿Más bailes en mi currículo? Aquella vez que Javi, Jose y yo fuimos a una lección de meditación. Comenzó bien, relajándonos, controlando la respiración, pero de repente la música aceleró y se nos pidió que bailásemos con los ojos cerrados y total libertad. ¡Qué demonios! La idea me cayó simpática y creí entender el propósito y el beneficio, así que ahí me tienen, pegando botes y agitando brazos y piernas; eso sí, conteniendo una risita estúpida y abriendo los ojos (¡tramposo!) para comprobar a mis compañeros. Más tarde, Javi confesaría haber hecho lo mismo.
No me disgustó esa libertad, ese entregarse a un frenesí controlado, ese soltar amarras. Fue casi como los bailes de Bret, de Flight of the Conchords, cuando está enfadado. Cuanto menos, igual de lamentables.
En todo caso, resultaba mejor (y más fácil) que los bailes estrictos, programados, llenos de pasos encadenados, de llevar y dejarse llevar, de primeras, segundas y terceras. Si han ido alguna vez a la Feria de Abril en Sevilla, saben de lo que hablo. Allí uno baila o bebe; yo me armé de mi mejor voluntad e intenté apropiarme de un par de movimientos. Acabé bebiendo mucho.
Imagino un mundo en el que los bailes regionales estuvieran desvinculados de su carga patriótica: ¿cómo veríamos entonces a esos tipos que se plantan ante el rey a dar saltitos? ¿Qué pensaríamos de la mortuoria sardana? ¿Qué de la poco elegante jota?

Se lo ejemplificaré a la inversa: aquí el amigo e inercio Enrique tiene una danza para ‘Du Hast’ de Rammstein la mar de elaborada. La perfeccionó durante años, con break dance, carreras, saltos y teclados aéreos. Una explosión de furia que espanta a los no iniciados. Pues ese baile es más tradición e identidad para él (y para nosotros, sus amigos) que todos los esbarts dansaires del mundo.
Tal vez deberíamos recuperarlo, montar una academia, nombrarlo baile oficial de La Inercia y pedir subvenciones a los gobiernos por su valor cultural. No sé, quizá sea esa la idea que nos saque de la precariedad de una vez. Mientras tanto, seguiré acercándome a las máquinas de baile para darme un último capricho de nostalgia, diciéndome que debería aprender tango y clavándome en la barra del pub con mi cerveza y mi desgana.
V the Wanderer

















Me siento identificado con lo que escribes. Cuando veo a alguien bailar tango me da mucha envidia, aunque no me veo en el papel. También odio con todas mis fuerzas la salsa (con su frase mítica: ‘si sabes bailar salsa follas fijo’).
Veo que te olvidas de otro baile mítico. Fue aquella vez que estábamos en el glamour, mítica discoteca de urbino, y estábamos hablando tranquilamente, cuando empezó a sonar ‘you’re my first…’ de barry white, y los 4 que éramos, empezamos a entrar a bailar pero por turnos, todo muy sincronizado. Quizás todos tenemos un bailarín en nuestro interior…