Ventana abierta al porno

Publicado por VtheWanderer en 18/octubre/2012

V: Es sábado al mediodía y no se me ocurre mejor plan para la sobremesa que un paseo por el Salón Erótico de Barcelona. Hago un hueco en mi sufrida agenda (que me ha dejado este año sin Palmfest y Festival de Sitges) para vagar con Raúl entre strippers, consoladores, exposiciones eróticas, shows en vivo y mucha, mucha carne al descubierto. Que se tapen los ojos los menores y no se espante el resto del personal: La Inercia se va, un año más, a echarle un tiento a eso de la industria del porno.

Raúl: Soy pornógrafo ‘mainstream’ y muy determinista. No le pido demasiado al género. Acepto la propuesta de desvirgarme en la cita (es mi primer Salón Erótico) porque me mueve la curiosidad y el repaso sociológico, aunque voy advertido de que la muestra puede ser ruda, cafre y directa. Me viene a la cabeza una confesión de Nacho Vidal. Dijo una vez que la mayor parte de su público eran adolescentes pajeros y frustrados. Sin ambages ni postmoderneces. Aquí el único rodeo es para llegar al extrarradio de Cornellà: un salón de feria amplio y en bruto para almacenar la baja pasión.

Nada dice “te quiero” como un falo móvil que sobresale de un corazón con alas.

V: Es una dicotomía incómoda: seguramente se agradecería más una cosa museística, densa, hasta didáctica, pero esto es una feria de muestras (en el sentido estricto) y el producto que se vende tiene un consumo muy claro. El sexo cultureta o reflexivo queda pues para la anécdota, para ese libro de ‘Inglés para pervertidos’ o ese manual de BDSM firmado por la bloguera Venus O’Hara. También, acaso, para complicados juguetes eróticos con diseño de lujo. (En un expositor me acercan un masturbador masculino, bien lubricado, e invitan: “adelante, es para que metas el dedo”. No lo paso bien.) El resto, música machacona y speakers exaltados: distínguelo tú de una feria de barrio cualquiera.

Raúl: El babeo será generalizado; también la muchedumbre arramblada en las primeras filas de cada escenario. El público masculino llega antes y se tarda en ver al femenino (parejas incluidas) pero no a algún viejales (usted perdone el prejuicio) que termina de dar una sordidez entrañable al evento. Hay varias tablas, y se tarda en mostrar el sexo explícito. Antes de ver cimbreles percutando se imponen magreos lésbicos, tonteos grupales con voluntarios torpes, temblorosos y de vergüenza ajena, chochos y tetas en liza o stripteases más o menos cochinos y contorsionistas. No dejo ni un segundo de sentirme desubicado y algo externo. Ante cada choto abierto, un aluvión de flashes. Un tipo con pinta de oficinista entra avasallando con dos cámaras (vídeo y foto) ensambladas por un soporte. Nunca la prensa gráfica gozó de tan buena salud, parece ser.

Momento “vaginal artist”.

V: Las primeras filas se copan con agonía y ansia documentalista. Dudo mucho que estos tipos estén siquiera mirando el espectáculo; sexo en vivo pero, ya saben, a través de pantallas. Me fijo en el público: sorprende alguna pareja de mediana edad, algún grupito de amigas, algún chavalín nervioso. Es, en conjunto, mucho menos sórdido de lo que cabría esperar, oficinistas aparte. Los espectáculos tienen una línea marcada, de porno fácil, acaso choni, comercial, casi como un ‘Transformers’ del tres equis. Las músicas no son menos fáciles: se suceden despelotes a ritmo de ‘You Can Leave Your Hat On’ (¿a estas alturas?) o ‘Feelin’ Good’. En dos o tres shows uno se ha anestesiado y los animadores chabacanos no ayudan: “¡le gusta follar!”, anuncia uno. Claro, como a todo el mundo.

Raúl: La cosa resulta amena porque uno no sabe con qué va a toparse. La fauna es de admirar. Pasa un tío cachas y medio en bolas, ilustrando el culto al cuerpo que aquí se despacha (hay un stand de productos de vigorexia para ponerse toraco). “Vale que la hembra quiera sentirse de vez en cuando atropellada por una locomotora pero no entiendo tanto músculo”, me concede Víctor. Bíceps, tatuaje, lencería, bikini y silicona; mujeres en tacones que van y vienen con el trajín de una pasarela, y se saludan, y se hacen fotos sonriendo con pelaos. Poco a poco me acostumbro al raro ecosistema, a ese girarse y ver un culazo ahí al lado. Prietamente artificial, dado de sí seguramente, aséptico, geométrico, frío, poligonero, perfecto y postizo, ergo culazo al fin y al cabo.

Chiqui Dulce se espatarra en las alturas con el ejercicio que le valió el oro en Pekín.

V: Lo mejor, como avisa aquí el amigo Raúl, está en la periferia, abajo entre el gentío o dando vueltas en una barra de pole dancing. Algunas bailarinas son verdaderas atletas que escalan, giran y se espatarran con precisión de medalla olímpica. La rutina de una tal Chiqui Dulce saca nuestra votación de jueces entusiastas. Nos pasamos a la zona BDSM, con una decoración muy de Halloween, y atisbo a varios sujetos atusando disfraces. Atuendos, ojo, más risibles que eróticos, cómicos y de bajona, pero rompen la rutina. Esperamos, intrigados, hasta que se forman en comitiva: una dómina vampira al frente, un esclavo tirando de una auriga montada por una suerte de cardenal, otro esclavo en baja forma vistiendo cuerdas y gafas de sol mientras empuja una jaula con un fulano en su interior, una monja cerrando el desfile dildo en mano. Chico desfile. Soy abierto y curioso pero no puedo evitar las risas ni imaginarme ante una escena de la (inexistente) versión porno de ‘El milagro de P. Tinto’.

Raúl: La grima se va a filtrar un poco aquí y allá. El ímpetu periodístico y sondeador nos conduce a diversos puestos, y a preguntar relajadamente, sin ánimo profesional pero queriendo saber sobre la industria, que atisbamos oscurilla, escondida, pero con una salud potentísima. Como vestigios, aún abundan los DVDs porno, aquel formato que forjó nuestro pasado junto al VHS y que tantas risas nos dio en forma de títulos de películas. Internet todavía no mató a esos tesoros. “Aún hay mercado”, nos asegura el responsable, un gorderas mórbido que ayuda en la distribución de material. Un tipo nos ofrece rellenar un formulario y tomar parte en un concurso cuyo premio es asistir a un rodaje porno. “¡Pero como público ¿eh?! Que algunos ya vienen y dicen que tienen una buena herramienta para hacer de actores”, dice entregado y cercano, dejando que emanen de su cuerpo un pandemónium de olores insanos. Ahora un efluvio, ahora otro. Pestazo, vamos. Personajazo, en fin.

La comitiva al completo; pueden pasar lista.

V: Hay personajazos oliendo a sudor de hoy y de ayer y hay cosa turbia, como ese montón de DVDs que se anuncian presumiendo de variedad: “zoofilia, abuelos, sado, spanking, transex, gay, jovencitas”. Ni me acerco: por una vez, me siento superado. Pero también hay gente sorprendentemente normal, que se toma su trabajo con aplomo y charla en la cafetería como funcionario a la hora del café. Nos intriga este lado currela, ese repasar la agenda del día a ver si toca mamada o eme/hache/eme, ese convertir vigor sexual en fuerza laboral. Todos los tópicos del “esto no deja de ser una profesión”, etcétera. Entre tanto, le indico a Raúl la presencia de una llamativa señorita montando show ante una cámara. Al momento se le une, alegre, un gótico que se deja felar mientras suelta divertidas muecas punkies.

Raúl: Y los ojos del público se trasladan del escenario a ese rincón del backstage donde hay jaleo. El gótico se llama Ratpenat y nos enamora: taladra bovinamente a la rubia señorita, que responde al nombre de Nora Barcelona. Forman pareja y les filma una webcam. Tras la violencia en chupar, giro sobre una mesa y embarrenamiento subversivo. La chupa, la cresta, los cuernos con la mano, la lengua lascivísima del tío sintetizan bien ese sexo sucio, urgente y nocturno que ambos brindan para alguien al otro lado de la red y para el público ‘in situ’. Definitivamente, el espectáculo es breve pero sugerente y la pareja rebosa carisma y paramusicalidad. En esa enculada se derrama punk, hardcore y espíritu de insumisión. A Ratpenat el nombre le sienta de perlas. Ahí hay mucho trasnoche barcelonés, ‘crapuleo’ y tiros pegaos. Le mitificamos y queremos conocer la historia del dúo.


Una exposición de hentai patrio.

V: Los ires y venires de estos dos son el punto de diferencia que esperábamos y añaden variedad y oxígeno ante tanto meneo bakala. Nos proponemos entrevistarlos, claro que sí, y acabamos pactando el asunto para después de un espectáculo. Antes, una última vuelta para agotar la oferta (llevamos un rato algo saturados de volumen) y comprobar que sí, que este año el Salón sube un punto respecto al anterior. La tarde acaba compartiendo cafés con Ratpenat y Nora, no sin antes pajarear un rato en el backstage, viendo al DJ precargar sus temas, a aquella actriz meterse en su camerino, a aquella otra pedir una botella de agua, a aquel famoso tunelador charlando a gusto en un sofá. No dista tanto de la trastienda de un concierto cualquiera: a lo mejor hasta se folla más en aquellos.

Raúl: Nos han franqueado las puertas de la trastienda y aquí estoy con V haciendo balance, sentado en una mesa entre pivones que van y vienen a los camerinos. Nos falta el puro para sentirnos mafias y con poder entre tanto trasiego carnal. Llega Max Cortés risueño y saluda a varios. Bibian Norai, que antes se ha exhibido, hace tiempo y se pone al día con viejos conocidos: le da dos besos a Anastasia Mayo. Estamos en las tripas del erotismo patrio de más galones. Atrona Rammstein sobre un escenario humeante que acoge el enésimo show y vemos entonces que, tras el encuentro con Ratpenat y Nora Barcelona, todo el pescado está vendido. La ‘porno experience’, que en su dosis justa está muy bien, ha tenido su jugo en esta primera visita para mí. El sector, que se me antoja monstruoso, recóndito e inabarcable (más allá de las búsquedas en la red y de darle al play al vídeo; ya dije que yo era de paladar animalesco y básico), nos ha cobijado un ratito en este día de ventana abierta al porno.

raúl y V

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