Le tomo la idea al grandérrimo Andrés Ortiz, uno de esos amigos que se pueden lucir con orgullo: hay cosas que se te quedan grabadas, que acaban formando parte de ti. Él, sabiamente, lo llamó “experiencias vitales“. Sin pedanterías, sin ínfulas de suplemento cultural modernillo, sin cargas de sobreanalista ni gafas de pasta: esas cosas de la cultura o la creación (la palabra “arte” suena a museo rancio o ganas de importancia), que cuesta creer que salieran de un sitio distinto a nuestras almas.
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‘¡Nàstic, Nàstic, som els Bobobobs!’
Sobre la pista me pone una llamada de Teddy Bautista: la SGAE, que huele la sanción y el negocio a millas de distancia. Luego caigo en la cuenta de que el asunto viene de lejos. Recuerdo a Withor comentándome la intuición en nuestra época de instituto. Poco después lo comprobamos asistiendo como público balompédico a partidos de Segunda B. No sé, contra el Jaén, contra el Zamora, basurilla de este pelaje. No había que ser Mozart ni Daniel Barenboim para darse cuenta de que el himno del Nàstic guardaba pasmosa similitud con la sintonía de la serie ‘Els Bobobobs’.
Domingos en la luna
Ahora gasto los domingos trabajando. Antes, años de universidad, jugábamos pachangas futboleras con informáticos y rumanos. Algo antes, combatíamos con música esa melancolía perezosa dominical que se arremolina en la cabeza bien entrada la tarde. El asunto era a las ocho en La Vaqueria. He dicho música, pero me quedo corto. Porque cuando Paco Enlaluna se subía al escenario en una nueva sesión de ‘Un domingo en la luna’ podía pasar cualquier cosa.
Hábitos de escucha musical
Meses esperando para un nuevo trabajo musical. Viaje nervioso a la tienda para obtener el formato físico. Desenvolver el plástico. Trasladar el CD a la ranura de la minicadena. Sentarse en el sillón. Disfrutar durante una hora con calma de buenas melodías rockeras, poperas o electrónicas: se trata de un ritual básico que ha ido perdiendo vigencia con la aparición de las nuevas plataformas digitales, el hundimiento de las ventas de las discográficas y la potenciación de unos valores sociales que premian la fugacidad y velocidad cultural. Me explico a través de mi caso.
Menudas estrellas
Ponga un niño en su coro. Lo aplica cada vez más Nacho Vegas. Lo bordaron Niños Mutantes con sublime resultado. O Chucho. Lo hicieron con histórico saldo Pink Floyd. Ahora, casi 30 años después de que un grupo de críos cantara en ‘Another brick on the wall’, aquellos simpáticos chiquillos son ahora gentuza chunga y periférica de Nueva York que reclaman derechos de autor para financiarse sus picos de caballo.
Cuando sale uno de Vegas
Es, tal vez, mi rito paramusical favorito. Cuanto menos, al que más tiempo dedico, y no soy el único: preconstruir y premonizar lo siguiente de Nacho Vegas podría ser el pasatiempo estrella de esta santa casa (un pasatiempo no, un modo de vida, que diría aquel), juntando piezas de aquí y allí, leyendo, buscando y rebuscando; en definitiva, contando los días mientras imaginamos lo nuevo del asturiano.
Esto no es Japón
Dicta una cruel regla genético-política que si naces en Huelva no eres japonés. Nacer en El Buitrón, El Campillo o El Calabacino impide automáticamente ser oriundo de Osaka, Nara o Yokohama, por mucho anime que se vea. Pero estos son tiempos de mestizaje, y el mestizaje no es tan sólo un sucio perroflauta con bongos cantando en francés: aquí tienen a estos onubenses haciéndose llamar Kala, Kazuki, Wakka y Kamui (trabalenguas), encerrados en sus esquizofrénicos delirios de banda japonesa visual kei.
Noches antárticas
Últimamente cierro demasiado Tótem. Será que se acercan los 30, que intimida la crisis de la cuarta década, que llega precoz, o la de los 25, que colea tardía. Será que se alejan los 20, la adolescencia en la que eran otros los garitos que clausurábamos. Serán los ciclos.











