Es, tal vez, mi rito paramusical favorito. Cuanto menos, al que más tiempo dedico, y no soy el único: preconstruir y premonizar lo siguiente de Nacho Vegas podría ser el pasatiempo estrella de esta santa casa (un pasatiempo no, un modo de vida, que diría aquel), juntando piezas de aquí y allí, leyendo, buscando y rebuscando; en definitiva, contando los días mientras imaginamos lo nuevo del asturiano.

Empieza pronto, ya que Vegas no descansa: una vez consumido y asimilado su último trabajo arrancan a trotar, en la lejanía, los primeros pasos de su siguiente lanzamiento. Los inercios nos juntamos y comentamos aquellos temas que tocó en tal o cual concierto y que han quedado fuera del álbum, que tal vez vengan en su siguiente EP o como bonus track en el vinilo, el iTunes o la edición especial musicassette.

El ritual, por suerte, está centralizado: el blog no oficial de Vegas es nuestra principal fuente de información. No estamos solos y hay quien se lo curra mucho (gracias, chicos). En La Inercia somos poco mitómanos, así que separamos la paja del trigo, aquella noticia sobre la vida personal del músico de su propia producción, los comentarios sobre si está más gordo, más flaco, se mete más o menos o ha roto con nosequién, de sus futuras canciones inexplicables. Somos obsesos, sí, pero liberamos a Vegas de un hálito religioso que a bien seguro no quiere.

Poco a poco van apareciendo datos, posibles títulos (que, con mucha probabilidad, quedarán en el camino: ‘Reavivación de las hostilidades’), se recuperan historias perdidas con un “tal vez ahora sí” (¿llegará a existir algún día ‘Rambal’, la Marlene real?), se buscan nuevos giros (¿sonará más a Bunbury ahora? ¿recuperará tal o cual sonido?).

En cierto punto del trayecto, nuevos temas se asoman con insistencia y la parroquia vegasiana los asimila con naturalidad, y ya nadie puede dejar de preguntarse cómo se vestirán los acústicos de ‘Al final, te estaré esperando’ o ‘La gran broma final’ una vez pasen por el estudio. Qué nueva canción saldrá de esta otra que se levanta con sólo guitarra, piano y voz.

Las noticias llegan en riada y ya tenemos nombre, ya tenemos foto de los másters en el estudio, lista de canciones, se dan fechas aproximadas para la gira, se confirman, se muestran fotos y nos asalta la nueva portada, con foto de Nacho o sin ella, cubierta por una polémica zeta o con una ilustración del castillo de Neuschwanstein. El nuevo disco ha tomado forma, existe, y parece que sólo queda escucharlo.

Y nos llegan las primeras opiniones, las primeras críticas, e imaginamos cada canción por separado, y creemos encontrar en sus títulos rastros de otras historias anteriores. Algunas las conocemos de los conciertos, otras se descubren en entrevistas en Radio3. Ya tenemos, sin darnos cuenta, medio disco devorado, pero aún queda más, mucho, mucho más.

Sale el disco y en esta maldita ciudad de provincias eso significa someterse a una espera incierta. Si no lo hemos pedido directamente a Limbostarr, toca pasearse por todas las tiendas de discos (las dos) preguntando día tras otro, asomarse al MediaMarkt, resistirse o no a escuchar el cedé en MySpace, Spotify o descarga directa; esperar que sí, que hoy sí, hoy lo traigan y se acabe ya este síndrome de abstinencia.

Cuando sale uno de Vegas no se lanza un disco cualquiera. Se cierra una liturgia, un proceso de preconstrucción, construcción y reconstrucción, se asientan exigencias (¿tal vez desmedidas?), se abre y amplía un universo sonoro y musical único en el que perderse durante meses, se nos descubren nuevas partes de nosotros mismos con las que hemos soñado desde el cedé anterior y que nos acompañarán toda la vida. Y la secuencia se inicia de nuevo el día en que alguien pregunta en voz alta qué habrá dejado el maldito Vegas para el EP, que sale en unos meses y puede (o no) llamarse así e incluir aquel tema perdido.

Hoy, de nuevo, no es un día cualquiera; ni igual ni distinto, tal vez extraño. Hoy sale uno de Vegas.

V the Wanderer