‘Rayuela’ es una antinovela, una orgía de palabras no siempre con sentido. Es gigantesca por muchos motivos, pero a mí (como a todo el mundo que la ha leído) me deslumbra por los conceptos rompedores que contiene. La propia estructura del libro, que puede ser una, dos o infinitas historias, siendo esto real y no un tópico o un buen eslogan marketiniano. O el impactante caso de Morelli, que es a la vez referencia, autor y personaje, dependiendo del camino que haya escogido el lector. ‘Rayuela’ fue rompedora y cincuenta años después lo sigue siendo. En mi cabeza la relaciono con ‘Monty Python’s Flying Circus’, que también sigue siendo más innovadora y fresca que la mayoría de productos audiovisuales perpetrados medio siglo después.

En ‘Rayuela’ hay tantos momentos, tantas palabras y frases para el recuerdo que cada uno puede escoger su favorito sin miedo a que sea el mismo que el de los demás. En mi caso, una de las virtudes que destaco de ‘Rayuela’ es su agudísimo sentido del humor (recordemos que su autor, Julio Cortázar, dominaba algunos registros humorísticos y hacía gala de ello). Será por mi particular gusto por las situaciones ingeniosas y porque en ‘Rayuela’ lo banal y lo trascendente van cogidos de la mano, que uno de los pasajes que recuerdo con más cariño es el de las múltiples madres de Ossip Gregorovius, el intelectual que vive gracias a la pensión de su abuela, nacido en Glasgow aunque a él le gusta insinuar que es checo, y que está secretamente enamorado de la Maga.

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En el capítulo 65 de ‘Rayuela’ Gregorovius asegura tener no una, sino tres madres. ¿Cómo es posible? La respuesta es sencilla: su progenitora cambia en función del brebaje que provoca su borrachera.

Así, cuando Gregorovius se emborracha con whisky o coñac, su madre es “una lesbiana autora de un tratado seudocientífico sobre la carezza (traducción a cuatro idiomas)” que recibe el nombre de Herzogin Magda Razenswill. En cambio, si la borrachera se produce con aliento a ginebra, entonces la madre (Miss Babington) resulta ser una mujer que que “se ectoplasmiza con el gin” y que “acabó de puta en Malta”.

Y si el estado etílico es producto de vino francés (Beaujolais, Côtes du Rhône o Bourgogne Aligoté) la cosa se desmadra, ya que su mamá puede llegar a tener tres nombres (Galle, Adgalle o Minti) y vivir en Herzegovina o Nápoles. Y además, “viaja a Estados Unidos con una compañía de vaudeville, es la primera mujer que fuma en España, vende violetas a la salida de la Ópera de Viena, inventa métodos anticonceptivos, muere de tifus, está viva pero ciega en Huerta, desaparece junto con el chófer del Zar en Tsarkoie-Selo, extorsiona a su hijo en los años bisiestos, cultiva la hidroterapia y ha muerto al nacer Gregorovius, que además sería hijo de Santos Dumont”. Además, todas estas circunstancias pueden ser sucesivas o simultáneas, y “van siempre acompañadas de referencias a Gurdiaeff, a quien Gregorovius admira y detesta pendularmente”.

Todo este cúmulo de disparates está en realidad en la cabeza de Gregorovius. Nos hace reír, pero no es una simple broma. De hecho, unos capítulos después, durante una conversación de tintes metafísicos, la Maga le pregunta a Gregorovius “¿A usted le vuelve su papá? Quiero decir el fantasma”, y éste responde, en una frase que sólo se puede catalogar de memorable, que “no, en realidad más bien mi madre. La de Glasgow, sobre todo”.

Tres canciones, 285. La elección de Withor

GOTAN PROJECT – ‘RAYUELA’

@adriwithor