En los tiempos que nos ha tocado vivir, los del 2.0, globalización y demás chorradas, hay una creciente obsesión por la clasificación. Todo, absolutamente todo, es susceptible de ser clasificado. Sólo hay que echar un vistazo a cualquier web, cualquier foro, para comprobarlo: los mejores futbolistas, las mejores películas, también las peores; los mejor vestidos, los más ricos, los países más pobres, las ciudades más caras… La música, por supuesto, también forma parte de esta vorágine de clasificación. Las listas han invadido nuestras vidas.
Tres canciones, asalto treintayocho
Lunes: reunión de redacción para definir las líneas de recomendación. Martes: buceo en archivo personal y visitas a registros históricos. Miércoles: pre-selección de temas y diseño de análisis cuantitativo y cualitativo. Jueves: prueba experimental con un focus group, testeo y vuelta a empezar. Viernes: los inercios les traemos, al fin, tres canciones cuidadosamente seleccionadas para hacerles pasar un rato moderadamente bueno.
Disfrutar con las desgracias ajenas
Una madrugada aquí mi compadre Aranda descerrajó una patada voladora contra la persiana de lo que otrora había sido una Tipo, reconvertida entonces en una gestoría, una inmobiliaria o cualquier vaina de esas, y ya ni tan siquiera eso. Vengaba, de modo rudo y etílico, la memoria de una tienda de música, como hizo Sabina en ‘Y nos dieron las diez’ apedreando románticamente la sucursal del Banco Hispanoamericano que había fagocitado al bar del pueblo con mar, de después de un concierto.
Tres canciones, asalto treintaysiete
Vaya pollo que se ha montado con las versiones españolas de Nirvana. Primero fue Pitingo, luego Bebe y ahora es Ramoncín el que ha perpetrado deshonrosamente ‘Come as you are’. Arde Internet de insultos y reclamaciones para que el ex presentador del Lingo pida perdón. Él se lo toma a guasa. Admite que la interpretación fue de chiste y apenas estuvo preparada. También dice Keith Richards que nunca se le fue la mano con la heroína. Que siempre controló. Claro que sí. A lo que íbamos: semana de circo, amiguitos. ¿Que no? Ahí están esos mineros, que van a ser tratados a partir de ahora como estrellas del rock. Un poco de cordura, por favor. No nos desmadremos. Cojan papel y lápiz.
Tres canciones, asalto treintayseis
¿Que la Rolling Stone es un panfleto amarillo sobre moda y tendencia? ¿Que la Rockdelux es un poco-bastante-muy snob? ¿Que jenesaispop a veces mola y a veces da rabia? ¿Que Muzikalia, pachín-pachán, que ahí está pero te deja frío? ¿Que Supernovapop lleva tiempo cerrada? ¿Que Mondosonoro y Efeeme están fetén? ¿Que Paisajes Eléctricos también? ¿Que la Heavy Rock está bien para un rato? ¿Que la Ruta 66 es para dinosaurios clasicómanos? ¿Que Indyrock es un interesante caos incomprensible? Véngase aquí, pues, que usted cumple el perfil. Nos lo dicen los estudios de mercado.
Baila, Lola, crece
“Hay mucho rock de mujeres ajenas, de mujeres que nunca existieron”.
‘Mi rock perdido’ (Los Rodríguez, 1993)
Tres canciones, asalto treintaycinco: lo puto peor, versiones
Ustedes lo han pedido, y nosotros, como artistazas folklóricas entregadas a su público, nos plantamos con el pecho en alto y todo el empaque que nos dan estas treinta y cinco ediciones de la sección que cambiará el mundo. Sí, ahí tienen otro Lo puto peor. La ley del ochenta por ciento (a saber, el ochenta por ciento de todo es mierda, sea cine, tele, música, juegos o cómic) nos deja un terreno inmenso donde elegir. Hacer un mal tema es fácil, lo complicado es coger la grandeza y convertirla en un cubo humeante de vómito. Ahí van las peores versiones que hemos sufrido.
Tres canciones, asalto treintaycuatro
Aquel ritmillo; el del pasodoble himno oficioso de Tarragona. Los compases pachangueros de Amparito Roca retumban aún, pero ya lejanos, bajo la alfombra de nuestras cabezas. Los escuchamos diez, doce, catorce, doscientascincuentaysietemil millones de veces, así que ante tanta saturación (también de rock català) nos vamos a desintoxicar, como hacemos en este humilde y feliz rincón al que regresamos semanalmente para acurrucarnos. Sólo él nos comprende. Aquí nadie puede hacernos daño.











