Meses esperando para un nuevo trabajo musical. Viaje nervioso a la tienda para obtener el formato físico. Desenvolver el plástico. Trasladar el CD a la ranura de la minicadena. Sentarse en el sillón. Disfrutar durante una hora con calma de buenas melodías rockeras, poperas o electrónicas: se trata de un ritual básico que ha ido perdiendo vigencia con la aparición de las nuevas plataformas digitales, el hundimiento de las ventas de las discográficas y la potenciación de unos valores sociales que premian la fugacidad y velocidad cultural. Me explico a través de mi caso.
Archivo de ‘Tele & Radio’
Nuestro cásting
(Este artículo puede llegar diez años tarde.) Tú también puedes ser una estrella. Te lo mereces. No es que hayas malinterpretado toda esa mierda motivacional, todo ese cuento de que todos somos especiales (aunque, lo sabes, tú más), es que naciste para ello. Te encanta Lady Gaga pero ¿qué tiene ella que no tengas tú? Te lo mereces más que nadie, así que La Inercia, que se preocupa por ti, va a montar su propio cásting para que nos salves de la mediocridad.
Show me your moves!
La música es baile y el baile es música, o no. El vals o el tango son tanto un conjunto de movimientos como un género musical, del mismo modo que los heavies tienen su headbanging o los indies hacen sus cosas al ritmo de Vampire Weekend. No hay estilo que escape a la dictadura motriz, y los clubes están llenos de patanes y patanas sacudiéndose con torpeza o aferrándose a su cerveza con pavor. Material para monologuistas baratos, y sin embargo se mueven.
Alemania es Catalunya
Esta crónica llega siete años después. La rescata, en parte, Loquillo, por decir que tan Catalunya es Estopa como Raimon. O más. Así que nadie se rasgue las vestiduras si Isabel Pantoja va al Palau de la Música, Bunbury llena el Liceo y Justo Molinero pasa a la historia por reunir a 300.000 personas en la periferia del área metropolitana.
Cuando suban a mi coche no volverán a los ochenta
Hace un año, tres meses, cuatro días, seis horas, doce minutos y seis segundos noté que la cabeza iba a explotarme. Y eso, en mitad de un trayecto automovilístico puede resultar mortal. En ese preciso instante y después de años apegado a las melodías ochenteras ofrecidas por el grupo Prisa, decidí evolucionar en mis costumbres musicales, cambiando de dial.
En mis tiempos sí que había buena radio
Con todo el ánimo de dejarme fidelizar, buceo en el dial a la caza de algún programa musical que me enganche y la cosa no resulta fácil. Me gustan a ratos los momentos sibaritas de Radio 3, y me entretiene su sobriedad secular, los pedestales de esos dinosaurios del micro que se pierden en referencias antiquísimas, ya sean años, estudios de grabación o ex saxofonistas de tal grupo que se marcharon de la banda tras el cuarto disco y que luego colaboraron con no sé quién de la Motown en el año treinta y pico (a lo mejor antes de Cristo).
Empaquetando épicas
Tienen talento. La tele británica tiene un talento de cojones. Si ya lo saben, o les aburre escuchar la cantinela de nuevo, vayan directamente al salto. Porque joder, menudo talento. No voy a ponerme a alabar Dead Set, Screenwipe, Spaced, Brasseye o Phonejacker: sería demasiado fácil. (Y esto es un blog de música, ostias.) Voy a reconocer lo asombrosamente bien hecho que está un programa que no me gusta, y que para colmo pertenece a un tipo de televisión que desgracia la música y la propia televisión: Britain’s Got Talent.











