Un cronopio pequeñito buscaba la llave de la puerta de calle en la mesa de luz, la mesa de luz en el dormitorio, el dormitorio en la casa, la casa en la calle. Aquí se detenía, pues para salir a la calle precisaba la llave de la puerta. Y el cronopio se puso a leer estas tres canciones.

La elección de Withor

BERNARD HERRMANN – THE STORM CLOUDS

Durante un mes, los lunes por la tarde (entre el final del trabajo y el inicio de nuestro bonito show radiofónico) han dejado de ser infructuosos. El motivo es el ciclo de bandas sonoras impartido por Conrado Xalabarder (un genio del tema) en CaixaFòrum Tarragona. Unas jornadas que se alargarán durante dos lunes más y que prácticamente no se han publicitado. ¿Cuántas personas interesadas se lo están perdiendo simplemente ya que no se han enterado de su existencia?

La tesis principal de Xalabarder es que la música en las películas no debe ser simplemente emocional. Si se sabe utilizar (lo cual, por cierto, no es para nada sencillo) puede proporcionar una gran cantidad de información al espectador, facilitando el objetivo final: su manipulación. Partiendo de esta base, se puede decir que el film tiene dos directores: el principal y el musical. Ambos son -o deberían ser- igual de importantes.

En el ciclo no se está hablando de música buena o mala y no importa la hermosura que desprenda: la clave es su uso. Por ejemplo, Xalabarder no comentó nada de ‘El hombre que sabía demasiado’ porque musicalmente hablando está tan centrada en el número final que durante el resto de la película la música de Bernard Herrmann pasa “desapercibida”. Para comprobarlo, esta semana la visioné, y reconozco que me llegué a emocionar con el número final, tanto por la majestuosidad de la composición como por el hecho de ver a Herrmann dirigiendo a la banda, como si aquello no fuera una película. No pude hacer un análisis racional de su uso. Me dejé llevar por su extraordinaria belleza, y ahí sigo. Y es que como dice Xalabarder, “la música siempre gana”.

La elección de V

CLINT MANSELL – IN THE BEGINNING, THERE WAS NOTHING

Una nueva banda sonora de Clint Mansell siempre es una buena noticia para mí, especialmente el cine que hace junto a Darren Aronofsky. Se tienen tan tomadas las medidas el uno al otro que aún no sé quién es el culpable de las imágenes y quién del sonido, o si llegan incluso a ser cosas diferentes. El cine de Aronofsky (la música de Clint Mansell) es todo sinestesia atropelladísima de ideas, una especie de satori zen inyectado a base de golpes y repeticiones.

Me meto en ‘Noah’ sin prejuicios ni concepciones importadas. Ni siquiera con la adoración que tengo, en mayor o menor medida, por todo el cine del director de ‘Pi’. Pantalla en negro, braman los altavoces con un tema que recupera sonidos, ritmos y sabores de ‘The Fountain’, y Aronofsky empieza a atacarme la puta sesera con imágenes que sé que ya no olvidaré. A partir de ahí, el huracán: la fijación por la creación, por la destrucción, por la figura humana desbordada por sus obsesiones, por la culpa, con una mirada frontal a la vida y a la muerte, con una entrega absoluta a la poética del último hombre.

Mansell cuenta este relato de manera desordenada, simbólica. La instrumentación elegida (de nuevo, cuerdas en vena, ahora con percusión a base de golpes metálicos) traslada al espectador a un tiempo antiguo, muy antiguo, o tal vez muy alejado en el futuro; un tiempo imposible de ubicar. Los conceptos se arremolinan y repiten en una espiral obsesiva, caótica, luchando entre ellos y con ellos mismos como los protagonistas del relato.

Mansell y Aronofsky son dos creadores infecciosos; avisados quedan. Si uno deja que le alcancen, no podrá sacarse sus creaciones de la cocorota. Poca broma con el Arca de Noé.

La elección de Raúl

TRAJANO! – ÍKER JIMÉNEZ

Hay imaginarios que son irrenunciables. Uno es cruzarse con un grupo que se llama Trajano!, que destila esa oscuridad y tozudez tan gallegas, pese a que se apunten al carro de sonar como Joy Division. El otro es dedicarle una canción a Íker Jiménez, que en realidad no es tal homenaje, o es velado, porque habla de conceptos como sangre de androides, golems de piedra y matriuskas envenenadas. Ni siquiera es una parodia directa al que podría ser el personaje más peculiar de la tele generalista en España en la última década. De Íker se pueden decir muchas cosas malas: se flipa, vende motos, pseudociencia incluida, y presume de comunicador riguroso, a ratos escéptico y plural. Todo eso me gusta, además de la brillantez formal del programa.

Era cuestión de tiempo que un grupo de post-punk con ramalazos de sorna hablara de él en una letra críptica, entre melodías inquietantes, guitarras afiladas y una voz, gravísima y por lo tanto carismática, ideal para cantar cosas sin demasiado sentido. La defensa del presentador de ‘Cuarto Milenio’ puede convertirse ya en una cuita postmoderna, a riesgo de caer en los usos irónicos, en fin. Es el camino habitual: de imitarte Cruz y Raya, a retorcerte Muchachada Nui y terminar en una canción así.

Me da igual, qué mas da. Escucho Trajano! con cierto temor a lo coyuntural, a lo pasajero, a la moda volátil, a que quede sepultado bajo la indiferencia de un grupo emergente más, pero disfruto mientras tanto. Abrazo las medianías. De la misma manera, veo ‘Cuarto Milenio’ (no si estoy solo en casa) sin implicarme, como una ficción, con barreras, entrando en su juego, sabiéndome perramente manipulado, como tarareando un tema de La Oreja de Van Gogh, pero eso es otra canción.