Una de las contradicciones de nuestro tiempo es que el consumo rápido se ha convertido en la norma imperante (la nuestra es una cultura del nowness, del tweet volátil y lo trending) mientras que nuestro ocio, como cuenta Óliver Pérez Latorre en ‘El arte del entretenimiento’, cada vez exige un mayor compromiso de larga duración (universos cinematográficos interminables, trilogías literarias, series de diez temporadas que no cogen brío hasta la segunda, and so on and so on). Hay quien tiene una agenda semanal de seguimiento de series o se encierra en casa para poder finiquitar las últimas treinta horas de Metal Gear Solid V, y así convertimos nuestros ratos de disfrute en un segundo trabajo. Y nos estresamos, y nos quejamos. Todos somos un poco víctimas y culpables de ese “no tengo tiempo” con el que lamentamos una exigencia de rendimiento que viene tanto del exceso de oferta como del exceso de ansia.

Los videojuegos son un perfecto reflejo de esta polaridad: de un lado, tenemos juegos brevísimos en nuestros móviles, consumo ligero para llenar minutos muertos; del otro, paquetes inagotables con mapas llenos de objetivos y sub-objetivos que requieren decenas de horas para empezar a abarcarlos. Estando así las cosas, es normal que muchos de vosotros no juguéis. No os basta con partidas exprés pero tampoco podéis echarle tres horas al día a Destiny para mantener el nivel. Hay duraciones y complejidades que intimidan, o que no se adaptan a nuestras vidas adultas. Por eso en La Inercia abogamos por un compromiso y defendemos los juegos cortos, los que son capaces de contar algo (y de hacernos partícipes de algo) en una duración razonable; digamos de entre algunos minutos y unas ocho o diez horas.

No se trata de aumentar nuestro rendimiento o de consumir más (huyamos del síndrome de Diógenes big data) sino de jugar mejor en espacios razonables, de huir de rellenos y sobredesarrollos. Si el cine tiene sus cortos y la literatura tiene sus relatos breves, busquemos en el videojuego aquellas obras que nos permiten abordarlas de una pieza, sin prisas pero sin esclavizarnos durante semanas y meses. Celebremos el shortplay recomendando juegos que valen las (pocas) horas que les dedicamos.

La primera recomendación es este The Silent Age, un estupendo viaje atrás a las aventuras gráficas clásicas que también sirve de puerta de entrada al género.

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¿Qué es?

Una aventura gráfica sobre viajes en el tiempo, ambientada en los años 70 (y, bueno, en futuros lejanos), con estética y narrativa minimalista.

¿Cuánto dura?

Entre dos y tres horas. La cifra más baja en HowLongToBeat.com son 2:17 y la más alta, 3:45. Según el registro de Steam, yo lo completé en poco más de un par de horicas.

¿Cómo se guarda?

Con guardado automático y constante que registra cada pequeño avance.

¿Vale para partidas cortas?

Sí, perfectamente: el juego está dividido en 10 capítulos breves (de entre 10 y 20 minutos) y el guardado nos permite jugar puzle a puzle, si de verdad vamos tan apurados.

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¿Vale para partidas largas?

También. Aunque se estructura en capítulos, es un juego ideal para completar de una sentada.

¿Dónde lo puedo jugar?

En iOs, Android y Steam (para PC y Mac). El primer capítulo es gratis en móviles y en Steam se puede comprar por 9,99€ (aunque, como siempre, hay ofertas excelentes de tanto en tanto).

¿Es accesible?

Mucho. La mayoría de puzles son muy sencillos (aunque no planos) y no hay demasiado backtracking (volver atrás para avanzar). El diseño nos hace centrarnos en el problema que tenemos delante, con pocos objetos (cuando conseguimos uno es para usarlo casi al acto y una vez que cumple su función desaparece del inventario) y pocas localizaciones. Es un diseño lineal pero centrado y con un ritmo estupendo, calmado pero constante.

¿Por qué lo recomiendas?

Por su agradabilísima sensibilidad retro tanto en lo estético como en lo mecánico, por recuperar, aunque sea de forma breve y modernizada, ciertos tempos pausados y pacientes de la aventura, y porque es un estupendo relato de viajes en el tiempo, no demasiado ambicioso y sí muy efectivo. Los cambios entre tiempos son ingeniosos, la narración juega bien con los tropos del género y el cierre, aunque bien clausurado, tiene un toque anticlimático que le da algo de espesor.

No tiene por qué convertirse en tu aventura gráfica favorita (creo que ya ha quedado claro que negamos la cultura de lo binario, del 0 o el 10, del hype o el hundimiento), pero The Silent Age te dará una dosis pequeña y autónoma de las bondades de su género.