(Esta entrada se publicó originalmente el 12 de marzo en el blog del RIRCA -Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual-, un grupo de investigación de Mallorca que se dedica al “estudio de los distintos mecanismos de construcción de la ficción televisiva contemporánea y su significado cultural”. Los amigos del RIRCA me invitaron a su sección ‘5 razones’ en la que se dan, precisamente, cinco motivos para ver una serie. Cómo no, elegí ‘A dos metros bajo tierra’ (‘Six Feet Under’), mi debilidad personal y un puntal de esta santa casa. Republicamos aquí el texto por pura cuestión de orden y para aprovechar para recomendar la serie, una vez más, y la web del RIRCA, que tiene textos bien majos. Ahí van mis cinco razones:)

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Apocalipsis personales. Cada muerte es el fin de un mundo y A dos metros bajo tierra (Six Feet Under) es, queda claro, una serie sobre la muerte. El fin de la vida (el fin de cada mundo) es el centro de su universo, pero nunca desde el morbo adolescente ni lo macabro de la ficción criminal contemporánea. Aquí la muerte sirve como mirador que obliga a ser honestos, como prisma desde el que reevaluar la vida. También como base a una fórmula narrativa: cada capítulo arranca con un fallecimiento y el finado se convierte en el “cliente de la semana” en la funeraria Fisher. Esta decisión crea relatos autoconclusivos dentro de unos arcos con mucha continuidad y sirve para jugar con las expectativas del espectador. Piensen en ella como el “anti-CSI”: si allí cada muerto es la excusa para investigar el crimen, aquí lo es para investigar la vida.

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La familia Fisher.

La intimidad. Pocos personajes hay en la ficción televisiva tan redondos, completos y humanos como la familia Fisher (y su entorno). En un momento en que la televisión está dominada por tipos turbios, agresivos y nihilistas, es bueno recuperar este elenco de almas perdidas que no buscan el poder sino cierta medida de paz. El dibujo de caracteres se subraya con estrategias narrativas arriesgadas: un gran uso de los silencios, muchas escenas en soledad o en intimidad y la decisión de quedarse con los personajes después de cada pico emocional. Six Feet Under otorga más protagonismo a la coda, a las consecuencias de los hechos, que a los hechos en sí.

Por diálogos como éste Six Feet Under es un referente.

El humor negro. Que el humor es la mejor manera de enfrentarse al abismo queda claro en cada capítulo de esta serie. Los momentos íntimos se alternan con encuentros grotescos y reacciones patéticas: frente a la épica de la ficción contemporánea, Six Feet Under apuesta por las pequeñas miserias y los defectos y límites humanos. Hay, además, una frontera difusa entre lo humorístico, lo poético y lo sublime, demostrando que el fondo son una misma cosa. Como las mejores comedias, Six Feet Under no entiende el humor como un género sino como una herramienta.

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Ruth Fisher (Frances Conroy), ¿mi personaje favorito de la tele?

La realidad estilizada. Para tratar la realidad no hace falta estética documental. Las subjetividades de los Fisher se transforman aquí en sueños delirantes, en ensoñaciones de un lirismo abrumador, en números musicales que rompen el desarrollo de la trama… Los recursos expresivos de Six Feet Under no tienen complejos y conforman un código propio sin igual. Destacan, ante todo, las conversaciones que los protagonistas tienen con el citado “cadáver de la semana” o con el padre fallecido (ese estupendo Nathaniel Fisher que muere en el piloto pero continúa como regular, interpretado con lustre por Richard Jenkins). Cada capítulo propone un nuevo juego formal sin enamorarse nunca del ejercicio por el ejercicio.

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Nate (Peter Krause) y Claire (Lauren Ambrose).

El tiempo. Decíamos arriba que Six Feet Under es una serie, en primera instancia, sobre la muerte. Esto no se puede negar, pero al poco de adentrarnos en su relato nos damos cuenta de algo más complejo: es en realidad una serie sobre el tiempo. El tiempo como trayecto que nunca se detiene, como espacio limitado en el que nos toca vivir, como recurso finito que acaba en el morir. Esta revelación ayuda a entender la obra tanto en lo temático como en sus estructuras narrativas: las tramas se amontonan, los arcos se desarrollan de manera sucia e intercalada, los frentes abiertos se disputan nuestra atención y lo cotidiano sigue inmediatamente después de lo epifánico o lo nuclear. Pregúntense si no es acaso la vida: un viaje que no se detiene, que no podemos atesorar más que en el recuerdo. Al entender que la muerte no es sino una parte del tiempo, Six Feet Under apunta a un objetivo mayor: la vida, esa obligaición, ese regalo. Disfrútenla mientras dure (la vida y la serie) porque, como reza el tagline de su última temporada, “Everything. Everyone. Everywhere. Ends”.

Tres Canciones, 267. La elección de V

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Si quieren añadir un sexto motivo (podríamos seguir hasta los cincuenta, ya ven), sumen esta bola extra: la banda sonora. O más concretamente, el uso de la música. El legendario tema principal de la serie es de Thomas Newman y el resto del score (una maravilla sensibilísima), de Richard Marvin. Entre medio se cuelan canciones estupendamente seleccionadas y utilizadas para dar valor y forma al conjunto, como esta ‘Waiting’ que cierra el episodio piloto. En esa escena, Nate Fisher, que afronta la muerte como nunca lo había hecho antes, despide a su padre mientras observa a los demás en una epifanía onírica que, suponemos, combina extrañamiento y compasión. Las letras de los Devlins miran a las esperas y las distancias, a esos terrenos medios de la vida que nunca miramos y en los que podríamos, acaso, encontrarnos. Un momento (narrativo, visual, musical) perfecto que anuncia todo lo bueno que está por venir.

@VtheWanderer