Los próceres de La Inercia, reunidos en muy noble junta, tienen a bien tildar estas tres tonadas de buena música para el fin de semana que comienza. Ya puede aplaudir el vulgo.

La elección de V the Wanderer

PETER FOX – ALLES NEU

No quiero saber nada de Peter Fox. No quiero conocer su trayectoria, sus orígenes, sus influencias, ni siquiera si la crítica lo embute en tal o cual etiqueta. No, nada de eso, porque entonces lo ubicaría como persona, lo definiría, lo bajaría de una al planeta Tierra.

Salía el videoclip una y otra vez en alguno de esos canales confusos y perdidos que precedieron a la TDT. Puede que fuera CAT 4, sintonía de Lauren Films que merece un artículo colectivo (¡inevitable tragarse mil veces, por su culpa, ‘Abierto hasta el amanecer’ o ‘Kids’!). Imagina tú cómo se me quedaba la cara: arranque abrupto, estruendoso, cuerdas enfadadas con el mundo y percusión animal; un tío que medio rapea ¡en alemán!, rodeado de peña con caretas de mono, traje y corbata. Y en blanco y negro.

A día de hoy, aún no sé si la canción me gusta o me satura, si adoro el videoclip o no lo soporto. Sólo sé que me inquieta, me desconcierta y no puedo apartar la vista y las orejas de esas carusas de goma de mono calvo. Y del más que probable enfado del señor Fox, atendiendo al tono con el que vocea. Aún fantaseo con que no es un videoclip sino una emisión extraterrestre colada por error en un sórdido canal local. Que no vengan a joderme la fascinación convirtiéndolo en un músico de verdad.

La elección de Raúl

JOSÉ FELICIANO – LA COPA ROTA

Ya no frecuentamos la rusa, no piensen mal, que es sólo un bebedero lo más cercano a una tasca portuaria de estas de género, una cantina atormentada, un antro sucio, como debe ser, un bar de Moe con sus borrachuzos de atrezzo, en la parte más sórdida de la ciudad. Recuerdo una noche de carnaval charlando con algún marinero, aunque vaya usted a saber dónde acaba la mentira y empieza el farsante, la inventiva a tan altas horas, un disoluto viajado, de tatuaje mal hecho y perlas en cascada. “En Dinamarca no hay putas porque no hacen falta”, sentenciaba, y así, languideciendo pero creciéndose al tiempo, y nosotros dejándonos llevar, con la risa, por el verbo delirante, por la literatura.

Esta canción me lleva un poco a ese sitio insano, con todos sus tópicos impostados, con toda su anacrónica bohemia y desfasado mimetismo bukowskyano, con todo su ejercicio de estilo, ya visto, pero perfecto y redondo. Canta roto José Feliciano, ese Ray Charles del castellano, este bolero arrabalero que más tarde Los Rodríguez, enfundados en el traje de una orquesta cubana afiebrada, bordaron a golpe de percusión somnolienta y traicionera en una versión menos folclórica y más caliente.

Duele, por gráfica, por poética, por desgarrada, la imagen del mordisco al cristal de la copa para borrar la huella del último beso “y sangrar el veneno de su amor”; como esas, unas cuantas más en una letra memorable. En esa huida hacia adelante sólo nos queda, entonces, cantar los coros arrastrados y terminales, un momento antes de caer desplomados en el tumultuoso sueño etílico, más como personajes de la ficción, más viéndonos desde fuera que identificándonos, a estas alturas de siglo y crisis, con ese circo trasnochado (en ambos sentidos) de la marginalidad.

La elección de Withor

SIMON AND GARFUNKEL – AMERICA

Simon and Garfunkel fueron en su momento conocidos como Simón y Garfunquel por algunos de los aquí firmantes. No nos culpen sin embargo a nosotros, sino al amigo Cano el Cuarto. Él fue el culpable de que mitificásemos a Paul y Arthur hace ya muchos años, debido a su mítica frase: ‘A mí sólo me gusta Chasis, algo de Queen y Simón y Garfunquel. Las guitarras me rallan”. Si de algo fuímos culpables nosotros, y apiadense de nuetras almas, fue de ser incapaces de disociar al cuarto inercio del duo americano.

El momento culminante se vivió en La Oca, con un directo de Simón y Garfunquel de guitarra acústica y voz, y minutos de conversaciones en inglés, que el dueño del bar nos dejó -misteriosamente- que pusiéramos en los altavoces. La gente se fue marchando de la Oca y al final nos quedamos solos mientras el disco seguía sonando. La anécdota ya era mito.

Afortunadamente, Cano el Cuarto fue ampliando sus gustos musicales hasta el punto que Simón y Garfunquel se transformaron en Simon and Garfunkel para nosotros. O lo que es lo mismo, pasamos de burlarnos de ellos a respetarlos (al menos a Simon). Gracias a ello, pudimos disfrutar de uno de mis grupos favoritos con la etiqueta colgada de ‘viejunos’. Últimamente, me ha dado por escuchar como si no hubiera un mañana la canción ‘America’, que para mí es su punto más álgido, el pal de paller de su obra, alcanzando una intensidad aún mayor que con ‘The Boxer’. Así pues, al César lo que es del César: Cano, bendigo el día en el que las guitarras te dejaron de rallar.