No me busquen en estadios, ni siquiera en salas, que últimamente me he abonado a conciertos mínimos, recónditos, invisibles, un poco en baretos en el fin del mundo. Eso pienso cuando con Mónica cubro a contrarreloj los casi 90 kilómetros hasta Tortosa, donde llegamos a la medianoche de sábado. Y concluyo, picoteando del discurso de mi padre, que conozco Hong Kong pero nunca estuve en Tortosa. Aparcamos al lado del Ebro y nos metemos en Casa Masó, un garito que tiene mucho de cineclub, de lugar social de reunión en un pueblo (usted perdone, ebrense de bien), con todos sus especímenes representados.

Vamos a ver a Señor Mostaza en una versión acústica, o sea, con Luis Prado, letrista, cantante, musicazo enorme, al teclado, a su sintetizador rojo, en concreto. A los Mostaza les pasa aquello de ser demasiado comerciales para el indie, y demasiado complejos y enrevesados para un triunfo masivo. Por eso Luis, cuando echar a la banda a la carretera no permite cuadrar las cuentas, se lanza él solo, con su piano, y le mete mano al repertorio propio y al de otros, que pasa por históricos del rock. Uno le intuye melómano y mitómano clásico, freudianamente beatleiano hasta el tuétano.

Todo ello estará regado de humor e intrascendencia. “Bienvenidos al rincón gótico”, bromea para arrancar Luis. Le han colocado en una esquina oscurísima del bar, rodeado de unas cuantas velas, como si hubiera que montar ahí una ouija. Se confirma lo que me temía: escuchando cuatro gatos en primera fila, y detrás, el resto, parroquianos del lugar que charlan bastante indiferentes al show. Luis Prado, o Señor Mostaza, ataca con temas de su nuevo disco, recién salido del horno. El título, ‘Delitos y faltas’, no puede ser más Woody Allen. Él juega un poco a eso, a saberse patético y derrotado, a indagar en nuestra condición imbécil pero sin caer en excesos ni en personajismos.

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Luis Prado, en penumbra y rodeado de velas, en plan espiritismo, en su concierto en Tortosa

“Me propuse hacer esta canción tocando sólo teclas blancas, como hacían Nacho Cano o Emilio Aragón. Lo que pasa es que luego se complicó, llegaron los acordes disminuidos, las ‘black keys…”, explica, antes de abordar ‘Megaindecisión’, celebración genética de la duda. Como en un piano bar o en un banquete de boda, traza un recital casi a la carta, donde los temas de su grupo se van a cruzar con los ajenos. Pasan ‘My generation’, de The Who, ‘Rock en la plaza del pueblo’, de Tequila o ‘Wild horses’, de los Stones. Rock defendido vivamente al piano en soledad, aunque uno eche en falta la guitarra y los juegos de voces. Canción ligera con licencia para complicarse la vida en piruetas más o menos rebuscadas a la tecla.

Luis es también un señor músico. Miguel Ríos o Ariel Rot ya le han echado el guante para sus directos o sus sesiones de estudio, pero intuyo que el virtuosismo con el instrumento encorseta, le corta las alas a su universo de palabra y reflexión. Señor Mostaza hablan de vulnerabilidades, de José Luis Garci, de Arconada, de las chicas con aparatos, de Eurovisión, de la pereza de ser bohemio, de la infancia. Sería duro para Luis no dejarle volcar sus desvelos (las huellas de su pasado) en una letra. Le martirizó la vuelta de Mecano o Björn Borg y lo plasmó en ‘Regresos inesperados’. En un día de amor tontorrón, le hizo levitar el hilo musical del Mercadona y lo reflejó en ‘Ojalá pudieras ser’. Le turbó el icónico modo de vida yanqui, y firmó ‘America’s way’. Por citar algunas señas de su discografía.

Todo eso transita por Tortosa mientras entra la madrugada. El borracho del bar pide constantemente Supertramp. Alguien sugiere Madonna y Luis Prado, relajado porque hoy se juega poco, se arranca juguetón con las primeras notas de ‘Material girl’. Amagos en broma, hasta que el experimento llega con ‘Sufragette City’, el guiño a Bowie, una muy interesante versión del Ziggy Stardust, o escarceos por el disco ‘Revolver’, de los Beatles. Alguien del público, en el papelito que reparte para las sugerencias, le pide ‘Love is in the air’, una putada divertida (“¡Qué cabrón!”, dice él, cuando lo ve escrito), antes de volver al repertorio ‘mostazil’ de fragilidades, meteduras de pata y odas al tropiezo.

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Raúl (derecha), con el disco ‘Delitos y faltas’, de Señor Mostaza, recién firmadito

Hay espacio para desbocarse a la tecla en pasajes instrumentales aparatosos, del cabaret al rock setentero, pero aquí lo que importa es el mundo creado, la composición hecha terapia donde el piano es un diván, como si Woody Allen se volviera castizo y valenciano a un tiempo y el pop fuera un tratado de tragicomedia, una suerte de inventario de las relaciones de pareja. Ritmos de sitcom a las tantas, con un pie en los libros de historia de la música y otro en los referentes culturales que hemos mamado, queramos o no, desde pequeños. Luis Prado se sobrepone a los elementos: la gente que vocifera en la barra (esto del Ebre no deja de tener siempre una capa de ruralidad), las oscuridades donde es difícil atinar con los botones del teclado y un montaje que no deja de tener un entrañable cariz amateur. Cuestión de contrastes para el músico de clase media: días después, Señor Mostaza, ya al completo, llenarán la sala Moby Dick de Madrid en la puesta de largo de este disco.

“Y ahora, desgraciadamente, una canción de Señor Mostaza”, dice Prado, que va alternando temas más conocidos y tarareados por el público con repertorio de su cosecha, que es el que realmente queremos escuchar los que estamos en primera fila. Al final, entre buen humor, probaturas y un toque de ensayo con público, el show se va más allá de las dos horas. “Voy a acabar con una canción muy triste, para que os vayáis con mal sabor de boca”, explica aún entre la penumbra pero ya totalmente cómplice con el público. Suena ‘Todo me recuerda a ti’, un baladón de suspiros urbanos, melancolía cotidiana y desparrame coral. Después llegan los encuentros, los saludos, las firmas de discos, las fotos y el momento fan, mientras gobiernan en el lugar bastante ajenos los aires de fiesta de pueblo: treintañeros en pandilla entregados a la noche que les plantaron un concierto delante, aunque a decir verdad soy yo más intruso que ellos, a hora tan intempestiva, aquí a esta orilla del Ebro.

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