Si el año pasado incluí dos estrenos entre las 14 canciones que más había escuchado, este 2016 he conseguido ampliar la cifra a tres. Poco a poco voy poniéndome al día, pero el desorden y el capricho siguen siendo las normas que rigen mi selección: esta no es la lista de un crítico musical (creo que este año he conseguido escribir todavía menos sobre música que el anterior) sino la de un melómano despistado. Por eso, posiblemente, te sea más inútil, pero también más anárquica. Estos son los 14 temas que, de una manera u otra, resumen mi año, algo así como mi biografía musical. La estadística no miente y en este 2016 le he dado sin parar a:

Syd Matters – ‘Obstacles’ (2005)

Algunas de las cosas que he descubierto este año sobre mis gustos musicales: 1, mis descubrimientos están muy vinculados al cine, los videojuegos o las series (esta ‘Obstacles’, por ejemplo, aparece en la banda sonora de Life Is Strange, que ha sido la base de mi hilo musical en 2016). 2, no basta con que las canciones me gusten: han de sonar en relatos y en momentos en los que los significados se complementan y amplían (no basta con una canción licenciada al azar en montajes genéricos, como cuando Damien Rice sonó en Lost o en Shrek). 3, pese a esa complementariedad, poco a poco las canciones van ganando una vida independiente a base de escucharlas. 4, la mayoría de canciones que me gustan suenan, a falta de una descripción mejor, nocturnas: melancólicas pero calmadas, nunca miserables, solitarias, tan tristes como reconfortantes, con un avance constante como el de un paseo urbano a medianoche. 5, y esto es un aforismo sobre estética algo pretencioso y sin ninguna base: si la verdadera forma del mundo es el encuentro entre lo bello y lo triste, la música es el espacio en que el mundo se manifiesta de manera más directa. 6, dios bendiga el botón del bucle.

Yasuyaki Okamura – ‘Viva Namida’ (2014)

Lo de los opening en el anime es tan tramposo como las radiofórmulas, porque a ver a quién no se le pega una canción después de escucharla decenas de veces. Lo que no es tan normal es que meses después de finiquitar la serie en cuestión su tema de apertura siga instalado en la playlist: una vez superado el secuestro y el síndrome de Estocolmo, la única explicación es que la pieza ha de ser necesariamente buena. ‘Viva Namida’ lo es: funky, estilosa, hortera, honesta, alegre, creativa y arriesgada, al margen de toda tendencia y todo cinismo, casi una declaración de intenciones o un manifiesto artístico del spacedandismo. Molar era esto.

Oberhofer – ‘Sea Of Dreams’ (2015)

Me ganó con el piano melancólico y los silbidos modernetes, me reafirmó con el eco en la voz y el ritmo sincopado de locomotora constante y me acabó de conquistar con esa estructura de crescendo, estallido y aterrizaje final (todas las canciones deberían estar enfocadas hacia la apoteosis, en lugar de desinflarse en ecos del estribillo). Ayuda que sea la banda sonora del mejor episodio televisivo del año, ‘Fish Out Of Water’ de BoJack Horseman, pero eso no le quita méritos ni justifica por sí solo que la haya escuchado hasta aburrir a Spotify. ¿Cuántas veces se puede decir de una canción, como halago, que es bonita?

Mud Flow – ‘The Sense Of Me’ + ‘Chemicals’ (2004)

Más canciones nocturnas, más movimiento de viaje y más crescendos que acaban por desbordarse, esta vez con dos minutos instrumentales de los que me hacen querer aprender a tocar la guitarra. También más temas vinculados a la ficción (‘The Sense Of Me’, el que podría ser el prólogo en este tema en dos movimientos, aparece, de nuevo, en Life Is Strange). La he reproducido decenas de veces, pero cuando la escuché de noche, en un tren bala de camino a Tokyo y con la mejor de las compañías, me pareció que ése era su lugar y su momento natural, que había sido compuesta para ese espacio y que, por unos minutos, todo estaba en orden en el mundo. Ése debe de ser el poder de la buena música, la metafísica inconsciente de la que hablaba Schopenhauer.

David Bowie – ‘The Man Who Sold The World’ (1970)

En su imprescindible ensayo On Bowie, el filósofo Simon Critchley destaca el valor de la inautenticidad, de la pose como disfraz desde el que explorar el mundo y romper sus lógicas. Ésta es una de las cosas que más me gustan de Bowie: huyó del axioma de que la música ha de ser un camino directo a los sentimientos, ignoró la exigencia de desarmarse ante el micrófono. Siempre costó saber cuánto había de Bowie y cuánto del personaje que encarnaba en ese momento, cuánto de sinceridad y cuánto de distancia o imitación, quizá porque la respuesta es que estaba en todo lo que hacía: en lugar de desnudarse (metafóricamente) en el escenario, Bowie se disfrazaba una y otra vez para aproximarse (y superarse) a sí mismo. Como buen budista, supo que la identidad no es algo cerrado sino un relato en constante escritura, que el artificio y el gesto sirven para indagar en la realidad. Por eso Bowie, todos los Bowies, era necesario: muchos aprendimos de él el valor del disfraz y la diferencia, de la inconformidad, del riesgo, de lo inauténtico y ritualístico como aproximación a la Verdad. Por eso, aunque no fuera (por poco) mi músico favorito, sí ha sido siempre el que más me ha fascinado. Sin Bowie, nuestra piscina de ideas corre el riesgo de estancarse – sin artistas que se la cuelen al mundo, todos corremos el riesgo de ser un poco más esclavos de la autenticidad y la norma.

Wolf Alice – ‘Silk’ (2015)

He vuelto a ‘Silk’ por aquello del maridaje entre tema y ficción que decía arriba y no me puede parecer mejor excusa: Wolf Alice suenan en el trailer de Trainspotting 2, lo que anuncia que se están tomando las decisiones correctas. Ésta es la clase de canción que uno espera en una secuela de Trainspotting a la que se le han sumado, sin adocenarse, el peso del tiempo y el reencuentro. He vuelto a ‘Silk’ por la promesa de esa película, pero me he enganchado a ella por lo de siempre: más nocturnidad, más voces con ecos oníricos, más crescendos, más pistas de despegue hacia mundos eléctricos.

Nick Cave – ‘Magneto’ (2016)

El mejor disco del año tenía que ser un álbum sobre la pérdida. ‘Skeleton Tree’ es el primer trabajo de Nick Cave tras la muerte de su hijo y su ausencia marca todo el conjunto. La escritura áspera de Cave, casi golpes de piedra y arena, se convierte aquí en una geografía en ruinas, un mapa del sufrimiento sin florituras ni consuelos fáciles. No hay alivios para el oyente ni lecciones de vida (en contra de esa plaga de autoayuda que nos dice que de toda tragedia salimos mejores y más sabios), pero tampoco lo escuches por morbo o comercialización del dolor: lo que Cave trae, como siempre, es belleza y humanidad, más valiosas todavía por existir en un mundo frío e imperfecto en el que nuestra desolación no esconde ningún sentido.

Amanda Palmer – ‘No Surprises’ (2010)

Por lo que tengo entendido, Radiohead siguen existiendo y les va bastante bien. Estoy seguro de que el grupo aún tiene cosas que decir y las dice de manera muy estimulante pero, por mis pocos intentos por acercarme a ellos, ya no me las dicen a mí. Esto es una posición egoísta, claro, pero también reconoce la libertad que me da no ser crítico musical: nadie me pide que juzgue su evolución, que diga que ya no son lo que eran o alabe su capacidad de reinventarse. Radiohead, sencillamente, es para mí la banda del ‘OK Computer’, y vuelvo a ese disco con frecuencia incluso por la tangente, como en las estupendas versiones de Amanda Palmer. A Palmer la escucho mucho más que a Yorke (‘In My Mind’ lleva sonando aquí en bucle desde hace meses) y en ella encuentro una mirada más afín y provocadora. Gran parte de la culpa la tienen versiones como ésta, la de ‘Fake Plastic Trees’ o la de ‘The Ship Song’ de Nick Cave, que demuestran que una voz única sale reforzada al atreverse con las composiciones de otros, que la música puede ser una serie de reacciones en cadena en la que las ideas y las emociones se contagian y redefinen. (Valga, pues, esta entrada como reivindicación de la versión como forma artística; este año año he escuchado sin parar, además de las de Palmer, la de ‘It’s A Sin’ de Metric, la de ‘SOS’ de Portishead o la de ‘The Man Who Sold The World’ de Sílvia Pérez Cruz).

Kenny Drew & Niels-Henning Örsted Pedersen – ‘I Skovens Dybe Stille Ro’ (1973)

A veces me pongo exquisito y me da por pensar que la única música de verdad es el jazz. Por suerte la tontería se me pasa rápido y no me dejo enredar en las trampas de la pureza y lo auténtico, pero el aforismo apunta a algo cierto: hay en el jazz algo de destilación, de raíz descubierta, que remite a toda la música como fenómeno. Dicho de otro modo: el jazz, en sus infinitas mutaciones, parece haber encontrado algo así como las fuentes de la música, y será por eso que siempre hay un hueco para el género en mis playlists. Si el año pasado le daba a Kamasi Washington y Yuji Ohno, este año le ha tocado a la banda sonora de Belladonna of Sadness, de Masahiko Sato, y el disco ‘Duo’, de Drew y Örsted Pedersen. Ambos podrían representar dos extremos del mismo espectro: el primero explosivo, experimental, funk y sensual, y el segundo íntimo, sosegado, canónico. ‘Duo’ suena hogareño, un poco a té caliente y chimenea, y lo descubrí una noche lluviosa en The Standard, un extraño local de Copenhagen en forma de barco junto al puerto, despidiéndome de la ciudad en compañía del amigo Javi López. Desde entonces se ha convertido en mi primera opción para las tardes de escritura o de lectura: nulla dies sine linea, nulla dies sine jazz.

Dead Kennedys – ‘Kill The Poor’ (1980)

Una de las constantes que se han ido repitiendo estos últimos meses, casi a modo de alivio o de wishful thinking, es que con los tiempos que se nos vienen encima habrá un resurgimiento del arte político y contestatario y, en concreto, del punk. No sé si eso es ya posible o deberá surgir un género nuevo, con menos lastre histórico y menos comodificación, algo que pueda descolocar de verdad al personal, pero en cualquier caso yo me alegro de mantener a los Dead Kennedys en mi playlist: no sólo tienen el sonido que más me gusta del género sino que su sentido de la sátira envejece de lujo, como en esta modesta proposición swiftiana de usar la bomba de neutrinos contra los pobres, desempleados y pensionistas – algo que más de un economista tecnócrata o de un autoritario crecido habrá pensado más de una vez para sus adentros.

Leonard Cohen – ‘It Seemed The Better Way’ (2016)

La tradición china distingue dos tipos de funerales: uno con banderas blancas si el fallecido era menor de 80 años, enfocado hacia el duelo, y otro de color rojo si el finado superaba esa edad, en cuyo caso el acto se entiende como una celebración de su larga vida. Aunque Leonard Cohen murió con 82 años, he de despedirlo con telas blancas: Cohen tuvo una vida larga, sí, pero escuchando ‘You Want It Darker’ sigue pareciendo que nos dejó demasiado pronto. El álbum es una larguísima letanía en la que el canadiense (judío y monje zen) parece ajustar cuentas con su espiritualidad, enfrentándose a una realidad oscura, cruel e indiferente al sufrimiento humano (“you want it darker, we kill the flame”), y lo hace sin caer en la desesperanza o el nihilismo; muy al contrario, esta despedida resume perfectamente la mirada de Cohen: lúcida, templada, llena de claridad y quietud. Con ‘You Want It Darker’, y especialmente con ‘It Seemed The Better Way’, he ido salvando el cierre de un año que invitaba de manera demasiado abierta al pesimismo. Te echaremos de menos, Jikan.

Suzuki Tsunekichi – ‘Omoide’ (2006)

Midnight Diner es una serie sobre un pequeño y excéntrico restaurante del Golden Gai de Tokyo en el que se refugian los descastados e inconformistas al acabar su jornada laboral. “Cuando acaba el día y la gente se va casa”, anuncia en el opening el protagonista, “empieza mi día”. Algo así evoca esta canción: la llegada a un refugio conocido después de un largo día, el abrazo reconfortante de lo familiar, el verdadero inicio del tiempo personal después de haber cumplido con las obligaciones. ‘Omoide’, como la serie a la que pone música, invita a relajarse, a bajar la guardia, a escuchar y dejarse escuchar. Es un tema para poner en pijama, al caer el sol, aunque también sirve para una parada en un paseo sin rumbo (su letra, como un buen haiku, habla de la naturaleza, el tiempo y lo humano en un triángulo inseparable): escuchando ‘Omoide’, uno está en casa esté donde esté.

Jemaine Clement – ‘Shiny’ (2016)

¿Cuánto hacía que no me gustaba de verdad la banda sonora de un musical de Disney? Recuerdo haber desgastado, de pequeño, los cassettes de Aladdin El rey león, y aunque luego puede haberme complacido algún número, siempre lo hacía como analista, como profesor, como crítico, nunca como espectador entregado. Es la edad, me dirás, es normal que como adulto las vea con distancia desapasionada, y tendrías razón si no fuera porque otro mucho cine infantil me sigue flipando. Pero con Moana (aquí Vaiana) Disney me ha vuelto a conquistar: no sólo es un relato de aventuras tremendo cuyo mar me recuerda al de Conan, el niño del futuro de Miyazaki o al de The Legend of Zelda: Wind Waker, sino que admito haber marcado el botón del bucle al poner sus canciones en Spotify. Con esta ‘Shiny’, el compositor Lin-Manuel Miranda le ha hecho un regalo a Jemaine Clement, de Flight of the Conchords, siguiendo lo que éste ya hizo en ‘Bowie‘ y ‘Goodbye Moonmen‘ (otro momentazo bowiano, esta vez en Rick & Morty). Si hubiera salido en cassette, ya la tendría gastada.

Clare Maguire – ‘This Is Not The End’ (2011)

Toda fiesta (y todo funeral; decide tú si a 2016 lo despedimos como una cosa o la otra) debería acabar con los asistentes entonando ‘The Parting Glass‘, la mejor canción de despedida que se ha hecho nunca (incluyendo ‘Auld Lang Syne’). Clare Maguire recogió de ella la música y la intención y escribió una letra nueva para hacer esta ‘This Is Not The End’, compuesta tras la muerte de su abuelo, y le quedó una despedida de podio. A ella vuelvo a menudo y con ella despido este repaso hasta el próximo año, haciendo caso a su letra: “think of love and not despair”. Así que, con la copa levantada, te despido por ahora: good night and joy be with you all.